Maria Luisa de la Riva y Callol de Muñoz, «Puesto de flores», c. 1887. Óleo sobre lienzo.
Maria Luisa de la Riva y Callol de Muñoz, Puesto de flores, c. 1887. Óleo sobre lienzo.© Museo Nacional del Prado. Archivo Fotográfico

La exposición La botánica en el arte a través de ocho obras del Prado

Girona

24.03.26

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La exposición La botánica en el arte. Las plantas en las Colecciones del Museo del Pradomuestra cómo la botánica y el arte están ligados íntimamente y aborda los numerosos significados que las plantas transmiten. A través de 53 obras procedentes del Museo del Prado, la muestra profundiza en la importancia y la riqueza de su representación más allá del impacto visual y con una capa sensorial. Esta noticia ahonda en ocho de ellas.

Bodegón de flores
Jan van Kessel el Viejo, 1633-1666

En este óleo sobre cobre de Jan van Kessel el Viejo predomina una naturaleza muerta con tulipanes, rosas y lirios en la que se integran pájaros y roedores mientras que, a la derecha, la composición se abre para mostrar, a lo lejos, un paisaje presidido por un palacio con su jardín.

Aparece, así, la naturaleza controlada por el hombre, bien mediante las flores, ya cortadas formando ramos o cultivadas en macetas, bien a través del jardín trabajado racional y geométricamente. 

Jan van Kessel el Viejo, «Bodegón de flores», 1633-1666. Óleo sobre cobre.
Jan van Kessel el Viejo, Bodegón de flores, 1633-1666. Óleo sobre cobre.© Museo Nacional del Prado. Archivo Fotográfico
Jacopo Amigoni, «La infanta María Antonia Fernanda de Borbón», c.1750. Óleo sobre lienzo.
Jacopo Amigoni, La infanta María Antonia Fernanda de Borbón, c.1750. Óleo sobre lienzo.© Museo Nacional del Prado. Archivo Fotográfico

La infanta María Antonia Fernanda de Borbón
 
Jacopo Amigoni, 1750

El clavel (Dianthus caryophyllus) es una de las plantas más retratadas en las obras de arte, con diversos significados. En la mano de la infanta, denota el compromiso afectivo que la une a otra persona. El clavel, símbolo perfecto del amor, se encuentra con frecuencia en los retratos nupciales, por lo que la flor se convierte en un testimonio del matrimonio.

En la obra de Jacques Linard, en un contexto muy diferente, se aprecia un clavel en un jarrón de vidrio. El cuadro es una vánitas, que indica que todo ha de terminar y lo que hoy florece mañana estará marchito, como confirman la calavera y el propio clavel. Es de especial interés comparar la distinta factura de cada uno de los claveles pintados en estas dos obras y los tonos rojizos de sus numerosos pétalos. 

Escena báquica
Nicolas Poussin, 1626 – 1628

En el cuadro de Poussin, la hiedra (Hedera helix) rodea la cintura del fauno, mientras que su cabeza aparece coronada por hojas de parra (Vitis vinifera), planta que también ha pintado al lado de la bacante. Ambas especies están íntimamente ligadas desde hace siglos al ser atributos del dios griego Dioniso, y de su equivalente romano, Baco, por lo que es frecuente verlas juntas en obras de temática dionisíaca.

En el cuadro de san Jerónimo, la hiedra es un símbolo de la vida eterna por sus hojas perennes y muestra su hábito trepador ascendiendo por detrás del crucifijo.

Herman van Swanevelt, «Paisaje con un cartujo» (¿San Bruno?), 1636 – 1638. Óleo sobre lienzo.
Herman van Swanevelt, Paisaje con un cartujo (¿San Bruno?), 1636 – 1638. Óleo sobre lienzo.© Museo Nacional del Prado. Archivo Fotográfico
Nicolas Poussin, «Escena báquica», 1626 – 1628. Óleo sobre lienzo.
Nicolas Poussin, Escena báquica, 1626 – 1628. Óleo sobre lienzo.© Museo Nacional del Prado. Archivo Fotográfico
Jan Davidsz. de Heem, «Mesa», siglo XVII. Óleo sobre tabla.
Jan Davidsz. de Heem, Mesa, siglo XVII. Óleo sobre tabla.© Museo Nacional del Prado

Paisaje con un cartujo (¿San Bruno?) 
Herman van Swanevelt, 1636 – 1638

Al cuidado de los jardines siempre ha de haber una persona que les dedique cariño para que se conserven y muestren todo su esplendor. El jardín es una de las creaciones humanas más frágiles, ya que, si no se mantiene, en poco tiempo se transforma por completo. En este sentido, el jardinero se convierte en un demiurgo que guía el jardín hacia donde considera correcto. 

En esta obra, el monje cuida de un jardín de plantas bulbosas, como los tulipanes (Tulipa cv.), las azucenas (Lilium candidum) o las espectaculares coronas imperiales (Fritillaria imperialis). Está examinando los bulbos que considera apropiados para plantar la siguiente temporada y, aunque ya ha descartado tres, que yacen sobre la roca, se maravilla con el calibre del que sujeta con los dedos, quizás pensando en la gran flor que traerá cuando se desarrolle.

Mesa 
Jan Davidsz. de Heem, siglo XVII

Las plantas, especialmente las que producen frutos comestibles, estimulan varios sentidos y los artistas han desplegado todo su virtuosismo para representar de manera minuciosa flores y alimentos

El ámbito de la muestra en el que se aborda la sensualidad de los frutos se adelanta con el bodegón del siglo XVII Mesa, de Jan Davidsz de Heem, en el que las texturas y brillos de distintas frutas cobran protagonismo.

Pieter Brueghel el Joven (obra copiada de: Jan Brueghel el Viejo), «El Paraíso Terrenal», c.1626. Óleo sobre cobre.
Pieter Brueghel el Joven (Obra copiada de: Jan Brueghel el Viejo), El Paraíso Terrenal, c.1626. Óleo sobre cobre.© Museo Nacional del Prado. Archivo Fotográfico
Jan Brueghel el Viejo y Hendrik de Clerck, «La Abundancia y los Cuatro Elementos», c.1606. Óleo sobre cobre.
Jan Brueghel el Viejo y Hendrik de Clerck, La Abundancia y los Cuatro Elementos, c.1606. Óleo sobre cobre.© Museo Nacional del Prado. Archivo Fotográfico

El Paraíso Terrenal
Pieter Brueghel el Joven (obra copiada de: Jan Brueghel el Viejo), 1626

El jardín del Edén cobija un vergel pródigo en belleza, en el que los diferentes animales viven juntos y en paz, allí donde no hay estaciones porque el clima siempre es benigno. Por eso se mezclan las flores de la primavera con los frutos otoñales, y las plantas se muestran en su esplendor. 

El Génesis bíblico narra cómo, en el centro del Edén, crecían dos árboles: el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal. El primero se suele caracterizar como una palmera datilera (Phoenix dactylifera), y en esta obra se encuentra al fondo, al lado de dos parejas de elefantes y de dromedarios. Por delante de ella, Eva y Adán están a punto de cometer el pecado original y toman de la boca de la serpiente el fruto del que comerán y que les obligará a abandonar este paraíso de calma y de abundancia. 

La Abundancia y los Cuatro Elementos
Jan Brueghel el Viejo; Hendrik de Clerck, 1606

En esta alegoría se ve la figura central de Ceres, la diosa de la agricultura, que sujeta una cornucopia o cuerno de la abundancia del que brotan frutos que da la tierra en las distintas estaciones: espárragos primaverales, cerezas veraniegas, avellanas otoñales y naranjas amargas invernales. 

Jan Brueghel el Viejo, «Florero», primer cuarto del siglo XVII. Óleo sobre lienzo.
Jan Brueghel el Viejo, Florero, primer cuarto del siglo XVII. Óleo sobre lienzo.© Museo Nacional del Prado. Archivo Fotográfico

Entre su cabello asoman flores de pleno verano, como las rojas amapolas (Papaver rhoeas) —cuyas semillas son comestibles— y los azules acianos (Centaurea cyanus), especies que se fueron extendiendo por todo el mundo gracias a que su simiente se trasladaba mezclada con la de los cereales, con los que crece en los campos de cultivo. Por esta razón, de su peinado nacen también espigas secas de trigo, cebada y la avena, atributos de esta deidad. 

Florero
Jan Brueghel el Viejo, siglo XVII

El girasol (Helianthus annuus) se introdujo en la flora europea procedente de América en el siglo xvi y se convirtió en una de las plantas más apreciadas, tanto en la pintura como en los jardines, gracias a sus grandes cabezas florales que, una vez fecundadas, producen pipas comestibles. Precisamente, este bodegón pintado por Jan Brueghel el Viejo está coronado por unos bellos girasoles que, cuatrocientos años después de florecer, aún se mantienen frescos.

Este artista era muy fiel a la morfología de las plantas, e incluso viajaba a otras ciudades si era necesario para retratarlas del natural. Dejó constancia por escrito de su método de trabajo: «Las flores deben pintarse de una sola vez, sin dibujos ni bocetos. Todas florecen en un plazo de cuatro meses y deben representarse sin adornos y con suma discreción».