
La exposición Extraterrestres. ¿Hay vida fuera de la Tierra? del Museo de la Ciencia CosmoCaixa sumerge a los visitantes en la temática a través de cinco ámbitos y un conmovedor epílogo.
Estos van precedidos por un photocall inspirador que plantea la hipotética exploración del océano subsuperficial de Europa, una de las lunas de Júpiter, la cual está cubierta por una corteza de hielo de entre 10 y 40 km de espesor. Bajo esta corteza y en contacto con el sustrato sólido de Europa, es posible que se haya desarrollado una química orgánica lo bastante compleja como para que hayan surgido formas de vida microscópica en ese océano, que se mantiene en estado líquido gracias a las fuerzas de marea ocasionadas por Júpiter. La escenografía de la muestra presenta organismos bioluminiscentes imaginarios ―parecidos a unos moluscos marinos reales conocidos popularmente como ángeles de mar— observados por un submarino robótico.
Tras conocer a estos hipotéticos alienígenas, los visitantes se adentran en los cinco ámbitos de la exposición, cada uno de ellos introducido por un cómic del ilustrador Juan de Dios Tenorio.
En este primer ámbito, los visitantes podrán comprender cómo es el cosmos del que formamos parte. Un revelador audiovisual de bienvenida sirve para entender la estructura del universo y nuestro lugar en él a través de un viaje desde el espacio más profundo hasta la Tierra. Mediante una mesa táctil podremos conocer datos relevantes de nuestra galaxia, la Vía Láctea.

Poner a la Tierra en su contexto, gracias también a materiales como un calendario cósmico ideado por Carl Sagan, nos permitirá entender nuestra insignificancia. Este calendario es una escala en la que la historia del universo —con sus 13.800 millones de años— se extrapola a un calendario clásico de 12 meses: el Big Bang ocurriría en el primer instante del 1 de enero; la Tierra se habría formado el 1 de septiembre, y el Homo sapiens aparecería 6 minutos antes de la medianoche del 31 de diciembre. Nosotros nos encontramos en la última fracción del último segundo del último día de ese año. Como dijo Sagan, «nuestra existencia es apenas un parpadeo en el tiempo cósmico».
La exposición aborda también cuáles son las características físicas de la Tierra y por qué esta es y no es, a la vez, especial. Habitamos en un planeta relativamente ordinario en órbita de una estrella ordinaria en una galaxia ordinaria, por lo que los planetas similares al nuestro han de ser muy abundantes. La Tierra se caracteriza por tener una enorme biodiversidad, repleta de seres microscópicos, animales y plantas, como demuestra un audiovisual de gran formato.
El agua y el carbono son los «ladrillos» de la vida en la Tierra. Estos elementos y moléculas se encuentran en abundancia en el universo. No en vano, para buscar vida fuera de la Tierra se aplica el mantra «follow the water» («busca el rastro de agua»). En este ámbito destaca un módulo interactivo sobre la zona de habitabilidad circunestelar, es decir, aquella región en torno a una estrella en la que la temperatura de un planeta permite la existencia de agua líquida en su superficie. En el módulo, los visitantes pueden mover el globo de un planeta para acercarlo o alejarlo del Sol y en una pantalla observarán cuál sería su clima. Cuando la distancia con el Sol es la adecuada, las condiciones climáticas son parecidas a las de la Tierra, con agua líquida en su superficie, siempre y cuando el planeta tenga atmósfera y una masa parecida a la terrestre.
Desde hace milenios, la humanidad debate acerca de la existencia o no de vida en otros mundos. En este segundo espacio se presenta la discusión histórica entre estos dos puntos de vista opuestos, una discusión que tiene sus raíces en la Grecia clásica. La exposición aborda la diversidad de perspectivas sobre la posible existencia de vida extraterrestre desde diferentes puntos de vista: la ciencia, la filosofía, la religión o el arte.
El punto de vista predominante históricamente ha sido el de la unicidad de la Tierra, que antes de la revolución copernicana la situaba en el centro del universo. Sin embargo, una avalancha de descubrimientos astronómicos desde el siglo XVII avivó la posibilidad de que nosotros solo seamos unos más en un cosmos en el que cada estrella sea un Sol rodeado de posibles mundos habitables.
Numerosos relatos a partir de entonces han fantaseado con esta opción haciéndose eco de los debates científicos de sus épocas. La exposición repasa obras históricas que trataron sobre la posibilidad de vida extraterrestre, como los libros Entretiens sur la pluralité des mondes (1686), La pluralité des mondes habités (1865) o Mars and its canals (1906), o la película Le voyage dans la Lune, de Georges Méliès (1902).

Con el tiempo, las historias sobre viajes espaciales y seres extraterrestres evolucionaron hacia obras que nos imaginaban «desde fuera» y aprovechaban esa distancia para hacer una crítica de la sociedad de la época.
En este ámbito, los visitantes se sumergirán en las perspectivas desde las que el arte, la literatura, el cine y la televisión han representado la vida extraterrestre, destacando que la mayor inspiración para este imaginario es la propia vida terrestre.
Películas como E.T., el extraterrestre, The predator o Star Trek, con su señor Spock, han tenido una mirada antropocéntrica en la que los extraterrestres asumen apariencias parecidas a la humana. Pero ha habido también visiones zoomorfas, en las que la vida exterior se ha representado mediante seres similares a animales, como los heptápodos, los alienígenas parecidos a cefalópodos de The arrival. En otras ocasiones, han tomado formas completamente distintas, como en el caso de obras literarias como Solaris, La nube negra o Expedition, donde los creadores han dado rienda suelta a su imaginación. Un audiovisual confronta la aparición de estos personajes de ficción con el contexto histórico de sus películas y muestra que, en todo caso, estas creaciones son un reflejo de nuestros miedos o de nuestros deseos.

El ámbito enseña, asimismo, que hay formas de vida en la Tierra tan extrañas que parecen venidas de otros mundos. La vida puede abrirse paso en ambientes extremos y adversos de la Tierra, incluso en sitios con temperaturas superiores a los 100 grados, en desiertos con alta radiación solar, en lagos bajo los hielos de la Antártida o hasta en el interior de los reactores de las centrales nucleares. Descubrir que existe vida en esos lugares ha ampliado las expectativas de hallar vida en mundos muy diferentes al nuestro.

A través de un juego, los visitantes podrán conocer seres terrestres de aspecto alienígena, como los nudibranquios, peces abisales o algunas especies de insectos. Además, mediante microscopios, podrán observar de cerca a otros seres curiosos pero reales, como la artemia salina (un diminuto crustáceo apodado sea monkey).
El penúltimo ámbito expone la situación actual de una de las misiones más importantes de la humanidad, desde la búsqueda de vida in situ en nuestro sistema solar mediante exploradores robóticos hasta el descubrimiento de mundos más distantes, los exoplanetas, y con ello la esperanza de detectar, en un futuro no muy lejano, una Tierra 2.0. La ciencia considera probable que pueda existir vida en otros mundos, si bien la que detectemos en el futuro más próximo será posiblemente microscópica.
La búsqueda de vida en nuestro sistema solar pasa por lugares como los satélites helados de los planetas gaseosos gigantes (Europa, Encélado, Titán…). En este punto, un multimedia interactivo y un ventilador holográfico permiten descubrir los mundos del sistema solar con océanos de agua líquida bajo su superficie.
Marte también tiene un lugar destacado en la búsqueda de vida y, en consecuencia, en la muestra se exhibe el meteorito real Ksar Ghilane 002, una shergottita marciana. De Marte se sabe que en tiempos remotos fluyó por su superficie agua líquida que quizá permitió la aparición de vida. La NASA quiere detectarla con herramientas como el helicóptero Ingenuity o el rover Perseverance. Este último busca indicios de vida en el suelo marciano, recaba datos del pasado geológico e incluso registra sonidos de la superficie del planeta rojo. La exposición contiene impresionantes maquetas a escala 1:1 de ambos aparatos.



Además, este ámbito también explora la posibilidad de hallar vida en mundos más distantes, en los exoplanetas. Desde el hallazgo del primer planeta extrasolar en 1992, llevamos descubiertos ya más de 7.000 exoplanetas, algunos de ellos orbitando en la zona de habitabilidad de sus respectivas estrellas. Unos módulos interactivos permiten conocer las distintas técnicas de detección de planetas extrasolares y sus fundamentos físicos para entender si alguno de ellos podría permitirnos hallar una Tierra 2.0.
En este ámbito final, la exposición se centra en la posibilidad de la existencia de civilizaciones extraterrestres y en las opciones que tenemos de comunicarnos.
El proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence), por ejemplo, se dedica a escuchar el cosmos mediante enormes radiotelescopios buscando posibles señales de origen artificial. De momento, el universo sigue en silencio para nosotros, no hemos escuchado nada. Estrategias más sofisticadas y actuales permiten ampliar la búsqueda con un enfoque menos restrictivo basado en la identificación de evidencias de desarrollo tecnológico que no impliquen un intento de comunicación. La presencia de tecnología muy avanzada podría dejar improntas ―tecnofirmas― en la luz emitida por el planeta.
También se han producido intentos de comunicación inversos, como los discos de oro de las sondas Voyager, diseñados para dar a conocer la existencia de vida en la Tierra a alguna posible forma de vida extraterrestre inteligente. La exposición presenta réplicas de estos discos, que contienen sonidos e imágenes que retratan la diversidad de la vida y la cultura en la Tierra.
El avance de la ciencia y la tecnología nos permite soñar con encontrar vida en otros mundos próximamente. Las siguientes generaciones de telescopios y misiones espaciales serán capaces de buscar las huellas químicas de la vida en las atmósferas de exoplanetas candidatos a albergarla. Por ello, el epílogo de la exposición, una experiencia sensorial inmersiva en la que nos vemos rodeados por imágenes reales del cosmos captadas por diferentes misiones espaciales de la NASA o la ESA, nos invita a reflexionar sobre cómo cambiaría nuestra vida descubrir que no estamos solos en el universo.