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20.04.26
8 minutos de lecturaEnvía tus preguntas a:
Gerontólogo, psicólogo y director científico del programa de Personas Mayores de la
Fundación ”la Caixa”
Psicóloga, teóloga y doctora en Derechos Humanos, profesora en la Universidad de Deusto y colaboradora del programa de Personas Mayores de la Fundación ”la Caixa”
Solicitar entrevistaEl programa Siempre Acompañados de la Fundación ”la Caixa” lleva 10 años trabajando para dar respuestas a la soledad no deseada en las personas mayores. Este reto social —que afecta a una de cada cinco personas en España— adquiere matices distintos según la historia, las pérdidas y la red de apoyo de cada persona. Hablamos con los psicólogos Javier Yanguas y Marije Goikoetxea de las múltiples caras de la soledad en esta etapa de la vida.
«Nacemos solos, vivimos solos y morimos solos», decía Orson Welles. La frase encierra una certeza intrínseca a la experiencia humana: a lo largo de la vida, cualquier persona atraviesa momentos de soledad, una soledad que en ocasiones no se elige, sino que aparece a raíz de una situación de vulnerabilidad o un acontecimiento vital inesperado.
Javier Yanguas, gerontólogo, psicólogo y director científico del programa de Personas Mayores de la Fundación ”la Caixa”, lo resume así: «La soledad no es una epidemia ni una enfermedad, sino que es parte de la condición humana, un sentimiento tan común como la tristeza o la alegría».

La cuestión es qué ocurre cuando ese sentimiento no es deseado y se instala en la vida cotidiana, qué consecuencias tiene en el bienestar y cómo se puede abordar.
Yanguas explica que, en el programa Siempre Acompañados de la Fundación ”la Caixa”, trabajan para superar una idea reduccionista de este sentimiento. La soledad no consiste únicamente, como se suele pensar, en no tener relaciones.
«El reto más acuciante es su complejidad», sostiene. La soledad tiene muchas capas: emocionales, relacionales, existenciales. Y tiene mucho que ver con la vulnerabilidad, con las pérdidas y las transiciones, que son sus grandes aceleradores. «A veces depende del estado de ánimo. Puede que sintamos que nadie nos aprecia. Y también está la soledad existencial, por poner otro ejemplo, relacionada con el sentido de la vida, con el propósito».
La soledad, además, no funciona nunca de forma independiente, sino en paralelo a crisis existenciales, patologías como la depresión, enfermedades o relaciones complejas con los familiares.
Por eso, Yanguas defiende un cambio de mirada para verla como algo mucho más profundo y poliédrico, así como la necesidad de hacerse preguntas para comprender de verdad a quienes se sienten solos. «Solo así podremos intervenir y acompañar de forma más personalizada, y facilitar que las personas puedan empoderarse y hacer frente a estas situaciones».
Sobre la base de esa mirada, el programa Siempre Acompañados de la Fundación ”la Caixa” ha desarrollado una metodología basada en la intervención individualizada cuyo objetivo es empoderar a las personas mayores en situación de soledad poniéndolas en el centro, como sujetos activos de su propio proceso de envejecimiento, y acompañándolas en la búsqueda de una vida plena a partir del fomento de las relaciones de bienestar y apoyo. En sus más de 10 años de trayectoria se ha consolidado como proyecto pionero, tanto en el abordaje de la soledad como en el modelo de intervención, y ha atendido ya a 3.664 personas mayores.
En el siglo IV a. C., Aristóteles definió al ser humano como zoon politikón, un animal social por naturaleza, diseñado para vivir en comunidad. «Nos hacemos con los demás, en la interacción mutua», afirma Yanguas.
Marije Goikoetxea, psicóloga y doctora en Derechos Humanos en la Universidad de Deusto, y colaboradora del programa de Personas Mayores de la Fundación ”la Caixa”, también alude a una idea afín del médico y filósofo Pedro Laín Entralgo: nos vamos construyendo a partir de quienes nos rodean, sobre todo de los encuentros con «personas significativas».

«Hay parejas que sintonizan de una manera que es peculiar. Eso es la resonancia afectiva», explica Yanguas: «cuando tú y la otra persona vibráis en el mismo tono, como una orquesta que funciona a la perfección».
Un vínculo tan profundo con alguien implica mucho más que tiempo compartido. Cuando conoces sus gestos, su manera de expresarse y su forma de habitar el mundo, una parte de tu propia identidad se construye también en relación con esa persona. Su compañía te transforma.
Eso ayuda a entender por qué ciertas ausencias desordenan tanto por dentro. No se pierde solo a alguien, también se tambalea parte de uno mismo.
¿Qué sucede, entonces, cuando la soledad interrumpe esa parte tan esencial de lo que somos? Cuando esas interacciones significativas se rompen, «lo que hacemos es sufrir, encerrarnos y empezar a tener esos sentimientos de exclusión, ausencia y vacío que caracterizan la soledad», señala Yanguas.
La muerte de un familiar o una separación pueden desarticular no solo nuestros vínculos, sino también el futuro compartido o nuestro propósito de vida.
Según el experto, «la pérdida de la relación solo es una parte pequeña». Ahora, esa persona en su casa tiene una ausencia porque su pareja no está, pero «se rompen también las expectativas, los proyectos compartidos, las actividades conjuntas, el apoyo mutuo. Todo eso también desaparece y genera unos sentimientos específicos que son los que podemos abordar».

En ocasiones, la ausencia de la persona se experimenta como un hueco físico: «Puede dejar un hueco perceptivo en un espacio concreto, por ejemplo, la casa donde convivíamos». Uno puede incluso llegar a sentir lo que Yanguas denomina autoextrañamiento: «cuando te sientes extraño en un mundo que para ti es incomprensible» porque todo lo que te identificaba y te constituía ha desaparecido.
¿Cómo se reconstruye una vida cuando el «nosotros» que nos había acompañado durante años desaparece? Esa reconstrucción no pasa solo por asumir la ausencia de la persona. También implica rehacer rutinas, expectativas y formas de estar en el mundo. «Reconstruimos como podemos», admite Yanguas con humildad. Lo primero es asumirlo.
Reconocerse en soledad puede despertar incomodidad y tristeza. Y afrontarlo exige muchas veces un ejercicio de introspección que pasa por reconocer la propia fragilidad. Esa aceptación, sostienen los expertos, es fundamental para revertir la soledad.
De hecho, Goikoetxea cuestiona esa mirada que asocia vulnerabilidad con debilidad. La fragilidad, dice, es una oportunidad para conectar con los demás «simplemente mostrándola». Según explica, al exhibirla se presupone un espacio de confianza con el otro y eso, inevitablemente, genera conexiones más profundas.
«Además, reconocer nuestra fragilidad posibilita que los demás desarrollen capacidades y que nosotros no nos exijamos cosas que no podemos asumir», asegura.
Ocurre con frecuencia en muchos procesos humanos: antes incluso de aceptar que existe un problema surge la tentación de restarle importancia o de mirar hacia otro lado.
En la vejez, ese mecanismo suele tomar una forma muy concreta: el miedo, atravesado por una lógica utilitarista e individualista, a convertirse en una carga. Nadie quiere depender de otras personas ni pesar sobre ellas.
Goikoetxea cuestiona de raíz esa lógica. Ser cuidado, sostiene, debería ser un derecho universal. «Todos necesitamos en momentos concretos cuidados que van más allá de lo estrictamente informal», argumenta.

Sin embargo, la psicóloga introduce un matiz importante entre cuidar y acompañar. Los cuidados remiten a una necesidad básica. El acompañamiento, en cambio, tiene una dimensión más relacional y ética.
Cum panis significa en latín, “con pan”, y de ahí deriva companio, ‘aquel con quien se comparte el pan’. Alguien ajeno a la vida de una persona no podrá acompañarla igual que alguien cercano que realmente la entiende, alguien en quien confía.
En situaciones de dependencia severa, especialmente si aparece una demencia o una enfermedad grave, la cuestión adquiere aún mayor profundidad: «No podemos devolver a esa persona su capacidad de decidir, pero si conocemos sus prioridades, sí podremos representarla bien y tomar decisiones teniendo en cuenta su propio sistema de valores», afirma Goikoetxea.
Para la experta, uno de los desafíos más urgentes es lograr que las personas mayores «dejen de sentirse una carga» y entiendan que «tienen mucho que aportar». Esto las ayudará a recuperar su dignidad, su estima, «pero también su sentido de responsabilidad con su propia vida y con las relaciones que puedan tener a su alrededor».
Yanguas sostiene que debemos ser conscientes como sociedad de lo que está en juego: «No es solo el sufrimiento de algunas personas que se sienten solas, que ya de por sí es importante. Está en juego también el “alma psicológica” de lo que somos en conjunto, la sociedad que queremos ser».
La soledad no deseada afecta a la vida íntima de quien la sufre, pero también interpela al conjunto de la comunidad: a cómo cuidamos, a cómo acompañamos y a qué lugar damos a la vulnerabilidad en una sociedad que tiende a premiar la autonomía y a esconder la dependencia.
José Ramón Ubieto, en su libro Soledad digital, cita a Jacques-Alain Miller al decir que «somos personas rodeadas de objetos y conexiones, pero sin vínculos sólidos». Para Yanguas, «la paradoja es que estamos solos, pero con la ilusión de estar acompañados, y no nos damos cuenta». Invertir en soledad y en relaciones es esencial «porque tiene que ver también con algo esencial: con la cohesión y con cuidarnos unos a otros», concluye.