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27.01.26
8 minuts de lecturaLas dificultades económicas de su familia lo llevaron a dejar el bachillerato. Con el acompañamiento de la Fundación Secretariado Gitano y del programa Incorpora de la Fundación ”la Caixa” consiguió un empleo en una firma de ropa. Nueve años después, es director de la tienda e intenta sacar lo mejor de cada uno de sus trabajadores.
Rufo Santiago tiene 28 años. Acaba de salir de trabajar en una tienda de ropa de Cartagena (Murcia), pero cuando llegue a casa aún tiene que ponerse a organizar los horarios de su equipo. Es el máximo responsable del establecimiento.
Como responsable de la tienda tiene que ocuparse de indicadores como la rentabilidad, la productividad, la cesta media… Pero lo que más le importa son las personas que hay detrás. «Lo que miras en un negocio son los números, pero los números no salen sin un equipo humano. Para mí lo más importante en el trabajo es compartir con las personas, sacar lo mejor de cada una, escuchar al equipo y que la gente se sienta cómoda», reflexiona. Y añade: «Cuando hay un buen ambiente laboral, todo lo demás va saliendo solo».
Rufo es de etnia gitana y a veces hay quienes le ponen obstáculos por eso. «Hay gente que es muy cerrada de mente y hoy en día sigue teniendo pensamientos equivocados del gitano», lamenta.
Cuenta que, en la tienda de la que está al frente, a veces hay clientes que le dicen a algún empleado el habitual «Necesito hablar con tu jefe». «Cuando salgo yo, alguna vez ves que la gente se impacta. Una vez me dijeron: “No, que quiero hablar con tu jefe”. Le contesté: “El jefe soy yo”, y se notaba que la persona, por ser yo gitano simplemente, no estaba de acuerdo», relata.
«Todavía sigue habiendo estereotipos y es una pena porque estamos avanzando como etnia», considera Rufo. Y añade: «Muchas veces te sorprendes: que hoy en día no se acepte a la sociedad gitana es algo que no me entra en la cabeza».

Cuando Rufo era todavía un niño empezó a participar en un programa de refuerzo educativo de la Fundación Secretariado Gitano, una entidad sin ánimo de lucro que trabaja para la igualdad de oportunidades de la comunidad gitana. «Nos acompañaban muchísimo cuando empecé el instituto. Para mí era el refugio para poder avanzar y seguir estudiando. Siempre estaban ahí: cualquier duda, cualquier cosilla que tenía… Esas clases de apoyo por las tardes nos ayudaban un montonazo», recuerda.
Tras acabar la ESO empezó primero de bachillerato, pero sus circunstancias familiares le hicieron dejarlo. Durante muchos años su padre había sido albañil, pero tras la crisis de la construcción de 2008 «se fue al mercadillo, a ir vendiendo conforme podía para tirar adelante», cuenta Rufo. Su madre ha trabajado siempre como limpiadora. La falta de recursos económicos en la familia, relata el joven, lo llevó a decirse: «Ya tengo una edad, tengo que echar un cable».
Empezó a trabajar de camarero, aunque los prejuicios sobre su etnia le dificultaban encontrar un empleo estable. «Yo notaba que existía ese estereotipo y que no te daban la oportunidad simplemente por ser gitano. No era por experiencia, no era por nada. Simplemente, nada más veían que eras gitano, ya era: “No, no hace falta”», describe.
Esa discriminación no solo la ha experimentado en el ámbito laboral. Recuerda situaciones en las que, yendo con sus primos a un restaurante, una cafetería o una discoteca, no los dejaron entrar: «Que te digan “no, es un reservado, no se puede pasar”, y ver gente pasando…».
Las dificultades para conseguir un trabajo le hicieron acudir de nuevo a la Fundación Secretariado Gitano, que le ayudó a través de Incorpora, el programa de inserción sociolaboral de la Fundación ”la Caixa” para personas en riesgo de exclusión. Rufo recuerda: «Me ofrecieron un abanico muy grande de oportunidades», que incluía formación práctica en diferentes sectores.
Se decantó por el comercio porque le venía de familia: «Toda mi vida he estado metido en el mundo del mercadillo con mis abuelos, mis tíos… El trato con las personas y el vender era algo que me llamaba mucho la atención. Cuando dijeron que se podían hacer prácticas, yo tenía claro que tenía que ser algo de comercio».
Incorpora le facilitó una formación en comercio que incluía unas prácticas en la firma de ropa Kiabi. «Te ayudaban mucho a enfocarte en lo que te demanda una empresa. Te ponían en tesitura de cómo reaccionar cuando viene un cliente, de cómo atenderlo, lo básico sobre cómo perchar la ropa… Cuando entré a hacer las prácticas no empezaba de cero: tenía esa noción básica», valora sobre su formación.
En ese camino lo acompañó Ana Esther Aliaga Fernández, prospectora de empleo de la Fundación Secretariado Gitano en Murcia, que forma parte de la red de entidades del programa Incorpora.

Ofrecen un acompañamiento individualizado en el que la intervención se adapta a las necesidades de cada participante. «Cuando una persona llega a la Fundación, una compañera la acoge, recoge su información y de ahí pasa a orientación. La orientadora empieza un itinerario en el que se ve cuáles son sus preferencias laborales, qué formación previa tiene y qué cosas se pueden complementar», explica Aliaga. «Acto seguido pasa a formación, a búsqueda de empleo o a ambas. Y entonces entra la prospección para buscar formaciones en empresas para esa persona u ofertas que puedan interesarle o para las que esté preparada», continúa.
La población a la que atienden suele tener baja cualificación, aunque es algo que cada año mejora un poco. «Cada vez tenemos más población gitana en estudios superiores. Y eso es una cadena: gitanos con estudios, gitanos con futuro», indica la profesional.
A pesar de eso, sufren discriminación en el acceso al empleo. «Parece que las personas gitanas tienen que demostrar mucho más que un payo. Envías a una persona a una oferta o a una formación en prácticas y a veces nos encontramos casos en los que el empresario nos dice: “A ver a quién me vas a mandar”», cuenta Aliaga. Y ella responde: «Pues te voy a mandar a personas formadas y preparadas».
A veces, simplemente los apellidos en un currículum suponen un obstáculo: «Dicen que no existen los apellidos gitanos, pero cuando es Bautista Heredia o Carmona Santiago parece que saltan las alarmas».
Las mujeres gitanas, además, sufren doble discriminación. «En entrevistas de trabajo les preguntan si van a ser madres pronto porque tenemos ese estereotipo. O les preguntan: “¿Pero tú a qué edad te casaste?”», lamenta Aliaga.
El trato con las personas a las que acompañan es cercano, algo que queda claro al preguntar a Ana por Rufo Santiago. «Es un chaval muy especial. Como lo quiero tanto, solo te voy a decir cosas espectaculares de él porque tiene un carisma, una bondad, es cariñoso...», lo elogia.
Y nos cuenta: «Entró en la formación que preparamos de comercio, que tiene una parte teórica y luego una parte práctica, y cuando lo vieron funcionando les encantó». «Aunque nosotros lo hemos apoyado en todo, si está donde está ha sido un logro suyo. Siempre va a tener nuestro apoyo incondicional, pero se lo ha currado muchísimo, es espectacular», reconoce.
Cuando el joven terminó las prácticas le ofrecieron un contrato de tres meses. Después pasó por diferentes puestos, cada vez con mayor responsabilidad, hasta que en 2025 lo nombraron líder de tienda al frente del establecimiento de Cartagena. «Estoy viviendo mi propio sueño», valora Rufo, que fantaseaba con ese puesto desde que entró en la empresa. Y continúa: «Estoy supercontento de que me hayan dado esta oportunidad, para mí era algo inalcanzable. Yo empecé con 19 añitos en Kiabi, siendo prácticamente un niño, y poquito a poco me han ido dando la oportunidad de seguir creciendo».
Y esa evolución no tiene por qué quedarse aquí. A sus 28 años, el chico al que rechazaban por ser de etnia gitana lidera un equipo de unas 18 personas y aún puede tener mucho recorrido: «De momento soy líder de tienda, vamos a ver el día de mañana. Estoy superfeliz y supercómodo en esta empresa y ojalá pueda seguir creciendo, aportando y adquiriendo más conocimiento».

El programa Incorpora no solo ayuda a la integración sociolaboral de la comunidad gitana, sino que también acompaña a todo tipo de personas en riesgo de exclusión social en diferentes territorios. En el caso de Murcia, ese trabajo lo desarrollan en red una decena de entidades.
«Tenemos un grupo que es una maravilla porque nos ayudamos y nos comprendemos muchísimo», valora la profesional. «Nos reunimos el último jueves de cada mes y estudiamos qué cosas podemos mejorar o en qué aspectos tenemos dificultades. Compartimos experiencias y ofertas», puntualiza.
Aliaga valora mucho esa cooperación: «Para mí, trabajar en red es lo más enriquecedor que hay dentro del trabajo en entidades sociales porque aprendes y compartes muchísimo, y te ayuda a comprender otras dificultades. Nosotros trabajamos con población gitana, pero otras entidades trabajan con personas con discapacidad o con personas privadas de libertad… Y te enriquece muchísimo».
Su evaluación del programa es sin duda positiva: «Yo llevo en él desde 2018 y ojalá siga muchos años más porque para todos nosotros es el ejemplo de cómo es trabajar en lo social. Y las personas, cuando llegan a la entidad, llegan preguntando por el programa Incorpora. Se enteran por el boca a boca y saben que todo el mundo es bienvenido».