
De la familia numerosa a vivir solos: la radical transformación de los hogares españoles durante tres décadas
26.05.26
7 minutos de lecturaEl informe Hogares en transformación en España y Portugal, impulsado por el Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa” en colaboración con el Centro de Estudios Demográficos, estudia la evolución de los hogares entre 1991 y 2022. En estas tres décadas de análisis, los hogares unipersonales han aumentado un 81 %, mientras que los hogares extensos, formados por cinco o más personas, han caído un 73%.
El hogar es el centro de la vida familiar, un ámbito de convivencia y un espacio de socialización muchas veces determinado por su tamaño y su configuración. En el pasado, las familias españolas se caracterizaban por un modelo tradicionalmente homogéneo y con una composición numerosa, pero en las últimas tres décadas, estas han experimentado una profunda transformación.
Entre 1991 y 2022 se ha evolucionado hacia un prototipo cada vez más reducido y diverso en el que los núcleos unipersonales han protagonizado el mayor crecimiento (81 %) al pasar de ser la estructura de convivencia menos habitual en 1991 a convertirse en la segunda más común en 2022. Por el contrario, los hogares formados por cinco o más personas han registrado una caída del 73 % durante el mismo periodo.
Si se analiza la evolución de la convivencia en los hogares en los últimos 30 años desde una perspectiva individual, se detecta que las personas comparten, en promedio, menos años con ambos progenitores; que residen menos años con sus hijos, y que pasan más tiempo solas, sobre todo las mujeres en edades avanzadas, tal y como se observa en el siguiente gráfico:

Estas son algunas de las principales conclusiones extraídas del estudio Hogares en transformación en España y Portugal, impulsado por el Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa” y liderado por los investigadores Albert Esteve, Juan Galeano y Jesús García, del Centro de Estudios Demográficos, institución de la Generalitat de Cataluña y la Universitat Autònoma de Barcelona. En la investigación se analiza la evolución del tamaño y la configuración de los hogares a través de los datos extraídos de la Encuesta de población activa (EPA) entre 1991 y 2022.
Más población, menos personas por hogar
¿Cómo se ha pasado de los hogares numerosos al aumento de los núcleos unipersonales? En primer lugar, hay que fijarse en el tamaño de los hogares.
En las tres décadas analizadas, la población total en España aumentó un 21,9 %, al igual que el número total de hogares, que alcanzó los 19,75 millones, un 67,7 % más que en 1991. Pero el aumento de los hogares no ha sido consecuencia directa del crecimiento de la población, sino de la reducción del tamaño medio de los hogares, que ha pasado de 3,3 a 2,4 personas por núcleo familiar.
Esta reducción del tamaño de los hogares se debe, fundamentalmente, al incremento de los hogares unipersonales en más del 80 %, así como al crecimiento de los hogares formados por dos personas, que han aumentado un 37,8 % y son los más comunes en España.
Como se observa en el siguiente gráfico, en 1991 las estructuras familiares que más prevalecían eran las formadas por dos personas (el 23,3 % del total de la distribución), seguidas de las formadas por cuatro personas (23,1 %), por tres personas (20,4 %) y por cinco o más personas (19,7 %), lo que dejaba en último lugar las estructuras de una sola persona (13,5 %).
En 2022, esta configuración había dado un vuelco: la cohabitación de dos individuos seguía siendo la más habitual (32,1 % del total), pero fueron los hogares formados por una sola persona los que se colocaron en segunda posición. Estos pasaron a representar el 24,5 % del total de hogares, lo que supone un aumento de 11 puntos porcentuales y un incremento relativo de aproximadamente el 81 % respecto a 1991:

Por su parte, las estructuras de convivencia formadas por cuatro personas han encadenado una caída del 23 % entre 1991 y 2022, mientras que las de cinco o más personas han descendido un 73 % hasta representar el 5,3 % del total. La única distribución que se ha mantenido en valores estables durante estas tres décadas ha sido la de los hogares con tres personas.
Tipología de hogares
Además de observar la transformación de los hogares según su tamaño, los investigadores han analizado el cambio en la tipología de las estructuras de convivencia y han determinado que la reducción del tamaño de los hogares responde a tres tendencias principales.
Como apunta el investigador Albert Esteve, director del Centro de Estudios Demográficos (CED), «el principal motor del incremento de los hogares unipersonales en más de un 80 % se debe al envejecimiento de la población, que ha implicado un aumento del número de personas que viven solas, sobre todo mujeres que viven más años que sus maridos».
La segunda tendencia observada es la reducción del tamaño de los hogares nucleares debido a la caída de la fecundidad y la disolución de uniones por separación o divorcio. La tercera y última responde a la disminución de los hogares formados por cinco personas o más.
Convivencia y ciclos de la vida
El estudio compara la tipología de convivencia entre los hogares no familiares («con no parientes») y las estructuras familiares. Entre las estructuras familiares se distinguen 11 tipos que reflejan las etapas habituales del ciclo de vida: convivencia con los progenitores durante la infancia y la adolescencia; inicio de la vida en pareja y con hijos en la adultez, y convivencia en pareja o en solitario en edades avanzadas.
La comparativa permite observar que las estructuras de convivencia son similares entre hombres y mujeres durante la infancia y la juventud. Las diferencias empiezan a surgir cuando se convive en pareja y con la llegada de los hijos, diferencias que se dan antes en las mujeres, sobre todo tras disoluciones de parejas y por el impacto que ejerce la custodia de los hijos, dado que lo más común es que, tras la ruptura, estos vivan con la madre. En etapas de la vida más avanzadas, las diferencias se amplifican: hay más mujeres que viven en solitario.
«Este hecho puede deberse a que las mujeres enviudan antes que los hombres debido a su mayor esperanza de vida y que sus parejas suelen ser mayores. Asimismo, destaca el hecho de que las mujeres vuelven a tener pareja en menor medida que los hombres tras enviudar o separase de sus parejas», puntualiza Esteve.
Más años viviendo en solitario
Los investigadores también han analizado la evolución de las estructuras familiares más habituales tomando como supuesto la vida de una persona de 80 años. En ese caso, los tres formatos de convivencia más comunes son: con ambos progenitores (1), únicamente con la pareja (2) y con la pareja y los hijos (3). En conjunto, estas tres estructuras suman un promedio de 40 años de cohabitación.
Las dos primeras modalidades han registrado un aumento del número de años de convivencia entre las familias españolas, mientras que la convivencia con la pareja e hijos ha disminuido casi un 30 % entre los hombres y un 22,5 % entre las mujeres de 1991 a 2022. Entre los cambios detectados a lo largo de estas tres décadas también destaca el hecho de que cada vez se viven más años en solitario.
En España, las mujeres han pasado de vivir solas una media de 4,9 años de vida en 1991 a 7,5 años en 2022. Por su parte, los hombres han pasado de vivir 2,6 años en solitario (1991) a 7,5 años (2022), tal y como se observa en el siguiente gráfico:

También se observa un aumento de la permanencia en el hogar parental debido al retraso en la emancipación juvenil, así como una disminución de los años en los que se convive con la pareja y los hijos, y un declive de todas las formas de vida de las familias extensas. A su vez, aumentan las estructuras monoparentales durante la infancia y la convivencia de parejas sin hijos.
En estas tres décadas de análisis también se ha detectado un aumento del número de años vividos con un único progenitor, así como la corresidencia con ambos progenitores, en este caso debido al retraso en la emancipación juvenil.
Entre las familias extensas ―incluida la convivencia con otros parientes―, aumentan las modalidades de convivencia con un solo progenitor y su pareja, pero disminuyen las modalidades de cohabitación con ambos progenitores y los hijos.











