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Con la llegada de la inteligencia artificial, conceptos tradicionales como la transmisión de conocimientos y la calificación de los estudiantes se están replanteando. Nos dicen que la educación está al borde de una transformación radical. Pero ¿cómo afectaría tal revolución al papel de los profesores y al proceso de aprendizaje en general?
Hablamos con Ilkka Tuomi, filósofo, científico de la computación y experto en ética, en filosofía de la innovación y en inteligencia artificial, además de pionero en la reflexión sobre el impacto de la tecnología en la educación. Tuomi nos ofrece su visión sobre el posible papel de la inteligencia artificial en la educación. El experto, que participó como ponente en la escuela de verano AIHUB, organizada por el AIHUB del CSIC y la Fundación ”la Caixa” en CaixaForum Zaragoza, defiende que «uno de los objetivos de la educación es ayudarnos a convertirnos en personas con voz propia».
Nunca he sido un especialista, pero no he tenido miedo a hacer preguntas y esto me ha permitido moverme con flexibilidad entre materias. Siempre me han interesado múltiples disciplinas y, en especial, la IA. Cuando estudiaba física teórica me interesaban los sistemas vivos y los sistemas complejos. Eso me llevó a estudiar ambos tipos de redes artificiales, las redes neuronales y también la IA. También me interesé mucho por las cuestiones filosóficas porque cuando empiezas a hablar de la inteligencia y el conocimiento humanos empiezas a preguntarte qué son el conocimiento, la percepción, la memoria, el pensamiento, etc.
Uno de los filósofos más interesantes de la IA para mí es Henri Bergson porque no abordaba el pensamiento y la cognición desde el punto de vista de la representación de la realidad, sino desde el modo en que los distintos seres biológicos operan y actúan en su entorno. Para él, la inteligencia es, en cierto modo, una solución a un problema práctico, no algo que los filósofos hacen sentados en sus escritorios pensando en cosas abstractas. Fue un punto de inflexión a finales del siglo XIX porque, en Europa, la filosofía hasta entonces se había entendido como el pensamiento de ideas abstractas. Esta visión de la inteligencia orientada a la biología y la evolución está volviendo ahora con la inteligencia artificial.
Es prometedor que algunas de las tendencias que más deberían preocuparnos sobre la IA y la educación estén de hecho perdiendo popularidad.
Tomemos, por ejemplo, la idea de que la IA va a revolucionar la educación porque permite personalizar el aprendizaje. Para mí, esta idea está obsoleta. Desde esta perspectiva, se asume que la educación solo consiste en interiorizar los conocimientos. Así, si tienes un libro y el problema es trasladar su texto a la mente del estudiante, puedes adaptarlo para que sea lo más sencillo posible para ese estudiante.
Sin embargo, me alegra que ahora se hable de que la educación no debe consistir solo en transmitir el conjunto de información que hay en un libro. En primer lugar, porque estas tecnologías hacen que ese tipo de conocimiento ya no resida solo en los humanos. Ya no «eres necesario» por tu conocimiento si alguien puede escribir una pregunta en internet o en ChatGPT y obtener la respuesta. Pero obviamente es necesario que sepas. ¿Entonces? Bueno, lo interesante es la interiorización de ese conocimiento, el proceso de aprendizaje.
Ahora, en el campo de la educación estamos planteándonos cómo se puede utilizar la IA para mejorar el proceso de aprendizaje en sí. No se trata de transferir los conocimientos existentes a la cabeza de los estudiantes, sino de apoyar sus procesos de aprendizaje, hacerlos más sólidos, más significativos, más conectados, como decía arriba, con el entorno, con el mundo en que actuará el estudiante.
La educación va más allá del aprendizaje. Tiene funciones sociales, ya que nos permite formar parte de la sociedad, participar en ella y cambiarla. Una función es emancipatoria (de transformación y desarrollo), y otra, conservadora (de transferencia de nuestra historia, nuestra cultura, etc.). Además, también tiene una función calificadora y de certificación de competencias, nos ayuda a generar confianza social al acreditar que una persona está preparada para ejercer ciertos roles profesionales, como el de piloto, ingeniero o médico.
La inteligencia artificial y las tecnologías cognitivas ayudan a potenciar la idea de que la función de la educación no es solo transmitir conocimientos, sino también y de manera central desarrollar la agencia humana —nuestra capacidad para tomar decisiones y actuar con propósito―. Necesitamos replantear la educación y pensar cómo usar la IA para desarrollar nuestra capacidad de ser actores en el mundo real. Esto también implica cuestionarnos la forma en que estas tecnologías están cambiando estructuras sociales como la economía y el mercado laboral.
En la actualidad, los profesores tienen muy poca capacidad de actuación en el ámbito de la IA, tal como está planteada ahora, ya que está controlada por grandes actores comerciales. Si no la usas, el miedo es que corres el riesgo de quedarte atrás.
La educación obligatoria solía estar alineada con objetivos sociales y estaba controlada por los responsables políticos. La cultura y el proceso político dictaban qué debía entrar en el plan de estudios y demás. Ahora, ese proceso democrático está roto. El poder tecnológico es tan grande y está tan localizado y controlado que la gente dice: «No podemos hacer otra cosa que adaptarnos a esta tecnología revolucionaria».
Es importante recuperar nuestra capacidad de actuar. Hemos de creernos realmente que la tecnología solo existe si la usamos y que existirá de la forma en que decidamos usarla. Nos corresponde a nosotros decidir qué queremos hacer con la IA. La educación puede ayudar ahí también: en la alfabetización en inteligencia artificial para la construcción de estas tecnologías en manos de las comunidades. En ese sentido, también nos ayudan a desarrollarnos como personas con voz propia, capacidad de actuar y pensamiento crítico.
Existe mucho bombo alrededor de estas tecnologías. Todo el mundo habla de ellas y hay una enorme presión para que los profesores hagan algo con la IA. Es crucial ayudarlos a desarrollar sus capacidades y competencias para que conozcan la forma correcta de utilizar estas tecnologías en el contexto educativo. No solo para adaptarse a las herramientas existentes, sino también para reflexionar sobre sus posibilidades y aportar ideas para incorporar otras nuevas, alternativas a las grandes empresas. Esto, por supuesto, requiere algún tipo de alfabetización básica en inteligencia artificial. No es algo supercomplicado, se puede aprender en una semana, pero necesitan tiempo y recursos. La tecnología cambia tan rápido que, cada vez que has aprendido algo, a la semana siguiente ya hay algo nuevo. Por eso, creo que debemos proteger a los profesores de la presión y de las prisas. Cuando las circunstancias son urgentes, debemos sentarnos y pensar. Las prisas no son buenas consejeras.
Creo que en el futuro las escuelas se convertirán en una especie de centros neurálgicos de la economía del conocimiento, de la innovación y del cambio social. En parte, porque pueden aglutinar recursos y espacios para que las personas se reúnan y hagan algo juntas.
A menudo pensamos que la innovación es algo que surge cuando una persona tiene una gran idea. Pero la verdadera innovación se produce cuando muchas personas utilizan estas nuevas oportunidades técnicas y las integran en su práctica social. Tiene mucho que ver con los procesos descendentes, en los que las personas aprenden a dar sentido a las nuevas posibilidades técnicas. No es algo que haga una sola persona, sino que es creación de sentido, conocimiento y aprendizaje social. Instituciones educativas como las escuelas pueden ser este tipo de comunidades.
Hace dos años, la mayoría de la gente se dio cuenta de que existía algo llamado IA. Fue bastante impactante, porque ChatGPT parecía ser inteligente y capaz de hacer cosas interesantes. La gente inmediatamente intentó hacer de todo con él y los estudiantes empezaron a escribir redacciones y hacer los deberes utilizando ChatGPT. Los profesores entraron en pánico. Su sistema se estaba desmoronando porque no podían saber si los alumnos realmente habían hecho los deberes.
Dentro de unos años será una historia diferente. En el futuro, el sistema educativo será mucho más parecido al de los países nórdicos, donde los deberes tienen más que ver con ayudar a los estudiantes a aprender y menos con evaluarlos y clasificarlos. Los deberes son importantes para que el estudiante se involucre en su proceso de aprendizaje; por ejemplo, al escribir un ensayo, aprendes a pensar y a estructurar tus ideas. Pero poner notas a esas tareas para evaluar si los estudiantes han interiorizado los conocimientos… Esa parte va a desaparecer. Lo importante no son las notas, es motivar y hacer participar a los estudiantes. Debemos pensar en cómo usar la inteligencia artificial para mejorar el proceso de aprendizaje. Al escribir un ensayo, por ejemplo, la IA puede ayudarlos a desarrollar su capacidad de pensar, articular y verbalizar sus pensamientos. Y hay que replantear el sistema de evaluación.
Sabemos muy poco sobre el impacto de estas tecnologías en el desarrollo cognitivo. También tenemos poca comprensión de su impacto social y político. Los niños y las niñas de hoy en día viven en un entorno muy diferente al de nuestras infancias. Se comunican a través de la red, juegan y hacen muchas otras cosas al mismo tiempo. Sabemos que estas tecnologías tienen un impacto, pero no sabemos si es positivo o negativo. Debemos ser conscientes de que existen tanto riesgos como oportunidades. Y debemos conocer los conceptos y el lenguaje para hablar de ello. También de las implicaciones éticas de la IA. Los niños ya hablan de privacidad, del poder de las grandes empresas de inteligencia artificial, de las noticias falsas en TikTok y de que no hay que fiarse de todo lo que se lee. Se están adaptando a este tipo de entorno y los profesores ya están empezando a abordar estas cuestiones en la práctica. Todos estamos aprendiendo.