
Una concha marina, el propio rostro, los demás, un paisaje y los grandes relatos bíblicos. Una selección de siete obras de la exposición Rembrandt. Un mundo en grabados nos descubre la amplitud de mirada que caracterizó al genio holandés. Con sus dibujos y grabados, el artista fue capaz de representar tanto los objectos más humildes como los relatos bíblicos. Un recorrido gráfico que va de lo más pequeño a las grandes historias de la tradición occidental.
La concha (Conus marmoreus) (1650): un mundo en miniatura
El recorrido comienza con un pequeño objeto. En una superficie de aproximadamente diez por trece centímetros, Rembrandt dibuja con minuciosidad la espiral de una concha marina.
Recopilar conchas exóticas era un pasatiempo popular en el siglo XVII, y también despertó el interés de Rembrandt, que poseía una pequeña colección de historia natural. El artista reprodujo la forma y las marcas del esqueleto con meticulosidad sobre la plancha de cobre, convirtiendo este pequeño bodegón en una exploración de las posibilidades de la tinta para representar distintas texturas.



Autorretrato apoyado sobre un pretil (1639): construir la propia imagen
Después de la concha, aparece su propietario. Rembrandt encontró en su propio rostro un motivo para experimentar a lo largo de toda su vida. En este autorretrato se representa en una postura orgullosa, vestido a la manera renacentista, con una amplia manga y el brazo apoyado sobre un pretil. Es posible que el artista quisiese inmortalizarse como un gran artista, de ahí que su imagen transmita prestigio y autoridad.
Como se explica en Rembrandt. Un mundo en grabados, los autorretratos fueron para el artista un espacio de experimentación técnica, pero también un instrumento para moldear la imagen que proyectaba de sí mismo. Realizó muchos más autorretratos que cualquier otro artista de la época, y por este motivo, la exposición dedica una sección a esta temática.
Autorretrato dibujando junto a una ventana (1648): el artista trabajando
Nueve años después, Rembrandt vuelve a retratarse, esta vez estudiando atentamente su propio reflejo en un espejo para plasmarlo en la plancha de cobre. Sentado en una mesa, sostiene la punta de grabar con la mano derecha, mientras que la plancha de cobre —invisible para el espectador— descansa sobre un paño doblado frente a él, apoyada en dos libros gruesos.
Aunque el interior es oscuro, la luz de la ventana ilumina el rostro del artista, en un contraste que permite acercarse sin disipar la penumbra que lo rodea. Contemplados juntos, ambos autorretratos permiten observar el paso de los años, pero también dos maneras de representarse a uno mismo. En la primera, Rembrandt apela al orgullo de una tradición artística; en la segunda, se muestra recogido y dedicado a su labor.
La gran novia judía (1635): la identidad de los demás
Tras el estudio de uno mismo, la atención se centra ahora en los demás. En concreto, en la larga cabellera que cae sobre los hombros de La gran novia judía, sentada en posición contemplativa. Su pelo, junto a los volúmenes de su indumentaria, ofrecen en este grabado un repertorio de superficies con los que Rembrandt pudo combinar líneas y contrastes.
Aunque la novia del cuadro podría tratarse de la reina bíblica Ester, no se conoce con certeza su identidad. La mujer se muestra cercana, sobresaliendo de un fondo poco detallado, consiguiendo de este modo una sensación de profundidad e introspección.
Los tres árboles (1643): del ser vivo al paisaje
Tras el estudio del ser humano, el espacio se abre al mundo que habita, con esta representación de tres árboles que dominan una escena en la que también se aprecia agua, campos, ganado, pequeñas figuras y una ciudad distante. El cambio de escala transforma también nuestro lugar como espectadores. Las personas ya no ocupan el centro: forman parte de un territorio más amplio sometido a las inclemencias del tiempo, como sugiere la representación de las nubes y el inicio de una tormenta.
Para esta composición, Rembrandt usa un abanico de recursos gráficos para representar cada elemento. La lluvia, el agua quieta, las nubes y las hojas se construyen mediante trazos diferentes que, reunidos, producen una atmósfera común. La exposición utiliza precisamente esta obra en uno de sus espacios de mediación, que permite descubrir a través del tacto y de la vista cómo el artista usó la línea para dotar de fuerza dramática a este paisaje.



Adán y Eva (1638): el mundo y su origen
Del paisaje terrenal pasamos al relato que explica, en la tradición bíblica, el origen de sus primeros pobladores. En este grabado, Rembrandt representa el episodio del fruto prohibido, con Adán y Eva discutiendo mientras el demonio les incita desde un árbol. La escala aquí ya no hace referencia a lo grande o lo pequeño, lo que está en juego es una decisión con un alcance que trasciende su escenario.
Los personajes bíblicos no aparecen como una pareja idealizada. Sus cuerpos y sus gestos acercan el episodio a una tensión muy terrenal. Sobre ellos, el demonio está representado como una especie de dragón. Al fondo, un elefante añade una presencia inesperada que hace referencia al jardín. Lo humano, lo animal y lo fantástico conviven en la misma imagen.
Las tres cruces. Cristo crucificado entre los dos ladrones (1653): la luz de lo sagrado
El recorrido de esta selección culmina en el Gólgota, en las afueras de la antigua Jerusalén. Haciendo un uso magistral de la luz y la oscuridad, Rembrandt compone una escena en la que la sombra da profundidad y acentúa la narración.
El tema es Jesucristo en la cruz, flanqueado por los dos ladrones crucificados y por la Virgen María. Soldados romanos a caballo, junto con ciudadanos afligidos, rodean las cruces. Un haz de luz, que representa la presencia divina, atraviesa el cielo oscurecido para envolver la figura crucificada de Cristo. Considerada una de sus mejores obras en cualquiera de los formatos, Las tres cruces es también una de las cimas del virtuosismo de Rembrandt como grabador.
Desde una concha hasta la crucifixión, esta selección refleja el alcance de la mirada de Rembrandt. Un mundo en el que lo material se sigue apreciando en lo sagrado y en el que las grandes historias se sirven de la línea, la luz y la sombra para narrar el mundo.








