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23.03.26
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Psicóloga clínica y miembro del Equipo de Atención
Psicosocial (EAPS) del Hospital Clínic de Barcelona
A lo largo de la vida, una persona puede afrontar muchos tipos de duelo, no solo por la ausencia de seres queridos, sino también por otras pérdidas significativas. En las personas mayores, la suma de estas experiencias puede afectar a su bienestar emocional. Para transitar estos procesos, la Fundación ”la Caixa” ha impulsado en sus centros de personas mayores charlas de sensibilización y talleres de la Escuela de Cuidadores a través del programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas.
Como cada tarde, el Espacio Fundación ”la Caixa” Sant Lluís de Barcelona abre sus puertas y empieza a llenarse de vida. La mayoría de quienes entran se conocen. Entre los habituales se percibe una familiaridad construida con el tiempo. Se forman pequeños corrillos, se suceden los saludos y los abrazos. Minutos después, con el aforo completo, queda claro el interés que ha despertado la charla programada: «El duelo a lo largo de la vida».
La sesión forma parte de una iniciativa conjunta que organizan en sus centros dos programas de la Fundación ”la Caixa”, Personas Mayores y Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas, para poner el conocimiento de los profesionales expertos en duelo al servicio de las personas mayores. «La iniciativa surge para acompañar a las personas mayores ofreciéndoles herramientas que les permitan sentirse mejor, cuidar su bienestar y afrontar situaciones de fragilidad emocional o social», explica Montse Buisán, directora corporativa de Programas Sociales de la Fundación ”la Caixa”.
Este proyecto se extenderá a los Espacios Fundación ”la Caixa” de Madrid, Murcia, Girona, Granollers, Terrassa, Tarragona, Lleida y a otros dos centros de Barcelona.
Elena Angulo, psicóloga clínica del Equipo de Atención Psicosocial (EAPS) Hospital Clínic, es la encargada de guiar esta charla abierta sobre el duelo en Sant Lluís. El objetivo está claro: generar un espacio de escucha donde las personas puedan compartir experiencias personales, poner nombre a lo que sienten y resolver dudas sobre un proceso tan universal como a menudo silenciado.
«El duelo es un proceso natural de adaptación a una pérdida significativa. Culturalmente lo tenemos muy asociado a la muerte de un ser querido», explica Elena Angulo. Pero las pérdidas que obligan a recomponerse son muchas más. A lo largo de la vida se producen rupturas relacionadas con aspectos relacionales, objetos o etapas vitales: «Una pérdida inesperada de la salud, de la pareja por una separación o incluso del país de origen son procesos que conllevan una adaptación emocional. La persona debe aprender a vivir sin ese elemento que antes estaba en su vida».
En las personas mayores, este proceso suele estar marcado por un rasgo característico: la acumulación. Según Angulo, afrontan el duelo igual que en cualquier otra etapa, pero con el peso añadido de una biografía más larga y, a menudo, atravesada por más despedidas. A la pérdida de familiares y amigos se añaden los cambios en las capacidades físicas o cognitivas, en el rol dentro de la familia o la sociedad e incluso en la propia imagen corporal. «También se suma un momento de revisión de la vida en el que las personas mayores pueden conectar con su propio final», apunta la psicóloga.

Neus Ballabriga ha encadenado varios duelos a lo largo de su vida. «Mi muerte ya no me da miedo en absoluto», afirma con rotundidad. Bajo unas gafas oscuras que protegen sus ojos tras una reciente pérdida de visión, afronta el día a día con entereza, pero hay una ausencia que sigue ocupando un lugar central: la de su hija, fallecida a los 20 años en un accidente. «Fue el golpe más duro de mi vida», dice. Al recordarlo subraya también la importancia de los pequeños gestos del entorno: «Un silencio compartido, una visita rápida o una llamada siempre ayudan».
Existe la idea extendida de que las personas mayores, por haber vivido más, están más preparadas frente a las pérdidas. Elena Angulo desmonta ese tópico: «No tiene por qué ser así». En realidad, explica, lo que más necesitan en un proceso de duelo es «sentirse validadas y reconocidas, estar acompañadas y contar con un apoyo emocional sin juicios».
Dolors García, también habitual del centro, perdió a su marido después de 50 años de matrimonio. Poco después murieron también sus padres, con quienes convivía. En su caso, el acompañamiento familiar fue decisivo: «Mis hijos y mis nietos me han dado cariño y compañía, y he podido hablarlo mucho con ellos. Cuando te encuentras solo es bueno poder contar con alguien».

También Flora Solé, otra usuaria del centro, carga con duelos difíciles de nombrar sin estremecerse. Sus dos hijos fallecieron por enfermedad. «Cuando murió la mayor a los 30 años por un cáncer de mama me pasé un mes llorando sin parar. Los acompañé hasta el final: los dos murieron en casa, acompañados. Es muy duro, pero ahora me toca sobrevivir a esto», declara. Después de más de 40 años viviendo en Valencia se trasladó a Barcelona con su marido: «Nos jubilamos y allí estábamos muy solos. Aquí tengo a mis sobrinas, mi cuñada y mi hermana. Estamos un poco más acompañados».
La manera de vivir un duelo nunca es idéntica. La conciencia del autocuidado, la capacidad de resiliencia, la salud física y mental o la espiritualidad influyen en cómo transita cada persona por una pérdida. También el entorno cercano juega un papel decisivo: «Es importante acompañar con empatía, escuchar de forma activa, facilitar la expresión emocional y evitar frases hechas y consejos», subraya Angulo.
«En definitiva, hay que respetar el proceso y los tiempos de cada persona, pero haciéndoles saber que estás ahí». Porque acompañar no siempre consiste en encontrar las palabras adecuadas. A veces basta con sostener la presencia, con no apresurar el dolor ni intentar corregirlo.
No todos los procesos de duelo, además, evolucionan de la misma manera. «En el duelo se transita por diferentes emociones y quedarse atascado en una de ellas puede indicar que algo no va bien», advierte Angulo. Entre los signos de alerta menciona «la negación de la pérdida o una intensidad de las emociones tan alta que impida llevar una vida normal»; también el aislamiento extremo, cuando la persona se encierra en sí misma y deja de querer conectar con nadie.


«Un duelo complicado es un proceso psicológico, no un fracaso. Por eso es importante pedir ayuda», insiste Angulo. Ballabriga, García y Solé coinciden: acudir a un profesional puede ser decisivo cuando el dolor desborda. «Un acompañamiento psicológico ayuda a sacar cosas y a aclararte», resume Solé.
En esos casos, el trabajo de los profesionales pasa por identificar los recursos de cada persona, comprender lo vivido y ofrecer sostén sin juzgar. «Vemos cuáles son sus experiencias, qué recursos tiene y qué es lo que ha vivido para poderlo validar y sostener», explica Angulo. «Y también para poder conectar con su entorno, sobre todo para trabajar esa soledad no deseada».
Reforzar la red de apoyo es clave para integrar el duelo sin quedar atrapado en él. Y en ese sentido, cultivar las relaciones sociales importa casi tanto como el acompañamiento profesional. Los centros de personas mayores desempeñan en esto un papel fundamental: son lugares donde se tejen vínculos, se hace frente al aislamiento y se reconstruye, aunque sea poco a poco, el sentimiento de pertenencia. Son escenarios cotidianos de encuentro, escucha y cuidado mutuo.
Ballabriga, García y Solé acuden de forma regular al Espacio Fundación ”la Caixa” Sant Lluís. Para ellas, el centro forma ya parte de su vida diaria. «Es como un anexo de mi vida en casa. Vienes aquí, pasas tiempo con las compañeras, hablas con la gente y aprendes mucho», cuenta Ballabriga.

La Fundación ”la Caixa” impulsa, a través de sus 629 centros —propios y conveniados con distintas administraciones, repartidos por todo el territorio español—, el papel activo de las personas mayores y su participación en la sociedad: solo en 2025 llevó a cabo más de 20.000 actividades organizadas con cerca de 570.000 participantes. Se trata de una red que ofrece actividades adaptadas a perfiles y necesidades diversas en un momento en que la población mayor es cada vez más heterogénea.
Para las tres compañeras, acudir al centro es mucho más que llenar el tiempo haciendo actividades. Es una manera de sostenerse, de compartir, de no quedarse solas con el dolor: «Yo en un momento dado me di cuenta de que o me iba o seguía viviendo, y, si seguía viviendo, tenía que vivir con todas las consecuencias. Ahora me apunto a un bombardeo. Soy voluntaria, voy a grupos de apoyo con la psicóloga, hago natación…», explica Solé. «Intento transformar la rabia en amor a los demás, en hacer cosas para otras personas. Esto te ayuda a sentirte mejor, a sacar la pena, no a taparla. Te ayuda a seguir viviendo», concluye.