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16.06.26
10 minutos de lecturaLa investigación suele contarse a través de los resultados, pero detrás de cada avance hay historias menos visibles: vocaciones tempranas, cambios de vida o apoyos decisivos. Uno de los factores que más condiciona una carrera investigadora es el acceso temprano a la financiación —becas, contratos o ayudas—, según el estudio MORE4 de la Comisión Europea. Las trayectorias de Irene Marco, Marc Suárez-Calvet y César de la Fuente, becarios de la Fundación ”la Caixa”, demuestran que la innovación no solo requiere talento, sino también tiempo y confianza.
A menudo, los grandes avances científicos se presentan como logros cerrados y visibles: una nueva tecnología, un tratamiento eficaz o un descubrimiento relevante. Sin embargo, ese punto final es solo la parte más evidente de un proceso mucho más largo en el que intervienen decisiones tempranas, oportunidades clave y apoyos que llegan en momentos decisivos. El estudio europeo MORE4 señala que el acceso temprano a financiación —becas, contratos iniciales o ayudas a la movilidad— es uno de los factores que más influyen en la continuidad de las carreras científicas y en su proyección internacional, hasta el punto de que, sin ese impulso, muchas trayectorias se truncan antes de consolidarse.
En una época en la que la investigación se ha convertido en una cuestión central —tanto por su impacto directo en la salud y la calidad de vida de las personas, como por su capacidad de anticiparse a algunos de los grandes retos colectivos—, conviene fijarse no solo en el resultado, el hallazgo, sino también en las condiciones que lo hacen posible.
Irene Marco, Marc Suárez-Calvet y César de la Fuente han seguido caminos muy distintos, pero sus trayectorias convergen en una misma idea: la ciencia que transforma nuestras vidas también necesita apoyo, sobre todo al principio, cuando la carrera investigadora todavía es una posibilidad y no una certeza.
Irene Marco recuerda una vocación temprana nacida de la cercanía con la enfermedad. «De pequeña quería ser neuróloga porque mi abuelita tenía demencia y mi madre me decía que el neurólogo la ayudaba». Después llegó otro sueño: «Visité el planetario del CosmoCaixa y me quedé fascinada». Así fue como, con la idea de terminar estudiando astrofísica, Marco decidió matricularse en Física en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Esa primera meta, sin embargo, se vio truncada por un suceso inesperado. En su tercer año de carrera, su madre enfermó gravemente y pasó un tiempo en coma. Fue entonces cuando la pregunta dejó de ser qué rama del conocimiento la fascinaba y pasó a ser otra mucho más concreta: quién estaba ayudando realmente a su madre. «Estaban los médicos, sí, pero también las máquinas que la mantenían con vida. ¿Y quién hacía esas máquinas? “Los físicos biomédicos”, me dijeron».
Como la especialidad de Física Médica no existía en España, Marco hizo una estancia Erasmus en la Universidad de Heidelberg (Alemania) y, al año siguiente, consiguió una beca de posgrado en el extranjero de la Fundación ”la Caixa” que le permitió quedarse otro año y cursar un máster en Biofísica en 2009.
Aquella beca fue el arranque de un itinerario internacional a largo plazo ligado a una especialización de alto nivel y a una manera de entender la ciencia por su capacidad de transformar la vida cotidiana. Marco pasó 10 años investigando fuera de España, entre Alemania, Estados Unidos, Países Bajos e Israel.
En 2018 tenía un muy buen trabajo en Cambridge, pero ya tenía claro que «cuando fuera madre, quería volver a España». Justo entonces, una beca de posdoctorado Junior Leader de la Fundación ”la Caixa” le permitió volver en unas condiciones comparables a las que tenía en el Reino Unido para desarrollar su investigación posdoctoral en Biología Molecular y Bioquímica en el Instituto de Bioingeniería de Cataluña (IBEC), en Barcelona. «Sin esta beca, seguramente no habría vuelto», reconoce.
Hoy, Marco es investigadora principal en la institución y dirige el grupo Molecular Imaging for Precision Medicine, en el que trabajan biólogos, bioquímicos, físicos, químicos e ingenieros biomédicos. Su equipo desarrolla técnicas avanzadas de imagen molecular por resonancia magnética hiperpolarizada. Eso les permite observar procesos moleculares «a pequeña escala, en animales pequeños o incluso en células» en tiempo real, una línea de trabajo orientada a la medicina de precisión.
«Mi sueño sería llevar esta tecnología a los hospitales de toda España», afirma. Su deseo podría revolucionar el procesamiento de imágenes médicas y, en cierto modo, cerrar el círculo de su propia historia. La misma investigadora que un día se preguntó quién construía las máquinas que ayudaban a mantener con vida a su madre trabaja hoy creando herramientas que permiten entender mejor las enfermedades.
La historia de Marc Suárez-Calvet arranca en Sabadell (Barcelona) y discurre lejos de cualquier idea lineal de vocación. No fue uno de esos estudiantes que desde siempre tienen claro que quieren estudiar medicina. Al principio le atraían sobre todo «las ciencias biológicas, la bioquímica», recuerda.
Fue al llegar el momento de elegir carrera cuando empezó a interesarse por la medicina: «Por la parte clínica del paciente, de crear un historial, y esa parte detectivesca de hacer un diagnóstico diferencial». El resultado fue una doble formación en medicina y bioquímica, «lo cual me ha servido también para hacer investigación».

En 2021, después de trabajar varios años en equipos de investigación de Alemania, Suecia y Londres, Suárez-Calvet obtuvo una beca para desarrollar su investigación posdoctoral en el Barcelonaβeta Brain Research Center, el instituto de investigación de la Fundación Pasqual Maragall, donde su trabajo ha sido ampliamente reconocido por sus aportaciones al estudio del alzhéimer.
En su caso, el valor de la beca aparece ligado a uno de los momentos más delicados de cualquier carrera científica: el paso del posdoctorado a la independencia investigadora. «La vida de científico, aunque a veces se idealiza, consiste sobre todo en pedir dinero», explica.
En esa fase, una beca puede cambiar no solo la estabilidad material de un investigador, sino también su capacidad para abrir una agenda propia: «Becas como la de la Fundación ”la Caixa” no solo te ayudan a conseguir financiación para tener tu salario, que ya es importante, sino que también te dan independencia científica; te permiten empezar a crear tu propio grupo y tu propia línea de investigación».
Y esa independencia tiene consecuencias concretas. Justo después de obtener la beca de la Fundación ”la Caixa” empezó a preparar un proyecto para la prestigiosa Starting Grant, del Consejo Europeo de Investigación (ERC), y la ganó. «Seguramente, si no hubiera tenido antes la beca de la Fundación ”la Caixa”, no lo habría logrado», reconoce. Ese primer apoyo fue la base para acceder a otras estructuras de financiación competitivas. «Ahora tengo mi propio grupo, mi laboratorio, lidero un equipo de 10 personas y estamos haciendo nuestra propia investigación».
En la actualidad, Suárez-Calvet es neurólogo clínico en el Hospital del Mar, especializado en alzhéimer y otras enfermedades neurodegenerativas, y dirige el grupo de Neurología Traslacional y Biomarcadores en el Barcelonaβeta Brain Research Center. Su investigación se centra en comprender los mecanismos moleculares de la neurodegeneración y desarrollar biomarcadores en sangre y líquido cefalorraquídeo que permitan detectar antes estas enfermedades, seguir su progresión y evaluar mejor las respuestas terapéuticas.
En ese marco se inscribe uno de sus proyectos más ambiciosos, HeBe, vinculado a la beca que recibió del ERC. La hipótesis es tan compleja como prometedora: identificar factores presentes en la sangre asociados a la edad que puedan tener un efecto rejuvenecedor o envejecedor sobre el cerebro y que, por tanto, se conviertan en futuras dianas terapéuticas contra el alzhéimer.

De padre neurocientífico y madre médica, César de la Fuente ha revolucionado el descubrimiento de antibióticos con ayuda de la inteligencia artificial. Ya de pequeño, en su A Coruña natal, volvía a casa con peces para diseccionarlos y, a los ocho años, calculó cuántos globos de helio necesitaba para elevar su masa corporal y la de sus hermanos y poder volar.
Estudió Biotecnología en la Universidad de León. En su trayectoria, la obtención de una beca de posgrado en el extranjero de la Fundación ”la Caixa” es una escena fundacional. Le sirvió para realizar, en el año 2011, un doctorado en Microbiología e Inmunología en la Universidad de la Columbia Británica, en Canadá. «La beca me la dieron para intentar entender las bacterias y por qué se vuelven nocivas para el ser humano», recuerda.
En su memoria, el momento en que supo que la había conseguido conserva todavía la intensidad de lo decisivo. «Conseguí la beca de la Fundación ”la Caixa” en un momento absolutamente crítico», cuenta el coruñés. «Yo era muy joven. Debía tener 23 años. Todavía no sabía quién era, ni en lo personal ni, mucho menos, como científico».
La noticia le llegó de madrugada en Vancouver, donde estaba haciendo un doctorado, a través de una llamada de su madre. «No me lo creía, no me lo esperaba para nada». Aquella noche abrió una botella de champán con la que ahora es su esposa. «Fue un momento impresionante y la verdad es que me cambió la trayectoria, sobre todo por la confianza que me dio».
El efecto de la beca no se redujo a una dimensión práctica. Hay algo quizá aún más decisivo: la validación. «Yo no tenía claro si podía ser científico. Tener el apoyo de una institución de la magnitud de la Fundación ”la Caixa”, que son expertos en evaluar mentes jóvenes que puedan llegar a ser algo, fue un antes y un después. Pensé: “si ellos creen en mí, vamos a intentarlo”». Además, en el ámbito científico, la beca le dio libertad para investigar lo que quería. «Si no tienes ese impulso inicial, es complicado llegar al siguiente peldaño».
Como biotecnólogo e investigador, hoy trabaja en una línea pionera: «Intentamos descubrir y diseñar antibióticos completamente nuevos usando herramientas computacionales para matar las bacterias».
Es profesor catedrático en la Universidad de Pensilvania (Filadelfia, EE. UU.), donde lidera el Machine Biology Group, un laboratorio que trabaja en la intersección entre biología, medicina y computación para acelerar descubrimientos biomédicos con ayuda de las máquinas.

Su equipo se centra, sobre todo, en las bacterias multirresistentes a los antibióticos, un problema que, según la OMS, figura entre las mayores amenazas para la salud mundial. «Las superbacterias son uno de los grandes desafíos existenciales a los que nos enfrentamos», afirma.
A sus 40 años, De la Fuente tiene a sus espaldas una carrera meteórica. En 2019 fue elegido uno de los 10 innovadores más importantes del mundo por el prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT) y en 2020 fue designado mejor investigador joven de Estados Unidos por la American Chemical Society.
Las trayectorias de Irene Marco, Marc Suárez-Calvet y César de la Fuente recuerdan algo esencial: la investigación más pionera necesita instituciones capaces de detectar muy pronto el talento, confiar en él cuando todavía está empezando, darle tiempo y financiarlo. La ciencia que transforma nuestras vidas no comienza el día del hallazgo, sino mucho antes, cuando alguien decide apostar por ella.