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07.04.26
9 minutos de lecturaLa capacidad de proyectarse hacia el futuro es un factor determinante en las trayectorias educativas y profesionales, tal como señalan varios estudios de la UNESCO. Hay personas que destacan por su potencial para imaginar el mañana. Tienen una vocación clara y confían en su poder para cambiar el mundo con trabajo y determinación. Sergio Boixo, Pilar Manchón y Juan Argote son tres de ellas. Hace años, la Fundación ”la Caixa” les concedió una beca para cursar un posgrado en el extranjero. Hoy lideran equipos en grandes tecnológicas capaces de impulsar los avances que redefinirán nuestra relación con la tecnología, el lenguaje o las ciudades.
Einstein decía que la imaginación es más importante que el conocimiento porque, mientras este tiene límites, aquella abarca el mundo entero. Quizás esté ahí la clave de las personas que piensan el mañana:donde las demás ven fronteras, ellas ven oportunidades.
En los últimos años, tecnologías como la computación cuántica, la inteligencia artificial o los sistemas de conducción autónoma no solo han marcado el ritmo del progreso, sino que también han impulsado algunos de los avances más decisivos de nuestro tiempo.
Detrás de esa transformación hay personas que lideran, gente con formación y talento capaz de hacer avanzar esta revolución con sentido. Algunas de ellas han llegado hasta ahí gracias a las becas de posgrado en el extranjero de la Fundación ”la Caixa”. Es el caso de Pilar Manchón, directora de Estrategia de Investigación en Inteligencia Artificial (IA) en Google; Sergio Boixo, director de Computación Cuántica en la misma compañía, y Juan Argote, director de Aurora Data Solutions. Ellos imaginaron el futuro y hoy están construyéndolo.

En su residencia de Los Altos, California, la lingüista computacional Pilar Manchón imagina e impulsa el futuro de la IA, la tecnología que ha revolucionado nuestro mundo y que avanza a pasos de gigante. Su trayectoria se vio marcada por una beca de posgrado en el extranjero de la Fundación ”la Caixa”. Nacida en el barrio sevillano de Nervión, en su familia no había nadie vinculado a la ciencia. Su padre era taxista, y su madre, ama de casa. «Mi padre dejó el colegio a los 12 años, y mi madre, a los 13. Ninguno tenía estudios. Yo fui la primera en terminar una carrera universitaria», explica Pilar.
Se había licenciado en Filología Inglesa y aquel mismo año, 1997, recibió la beca. «Aquello supuso un antes y un después en mi carrera», comenta. «Marcó el principio de lo que sería una trayectoria profesional mucho más ambiciosa». Pilar había comenzado un doctorado de Lingüística Computacional en Sevilla y la beca le permitió trasladarse a la Universidad de Edimburgo para cursar el máster de Ciencia Cognitiva y Lenguaje Natural.
Además de suponer un impulso académico, la ayuda le abrió la puerta a una comunidad de personas con sus mismos intereses y ambición por cambiar el mundo. «Cuando empiezas a relacionarte con gente que tiene una forma de pensar similar a la tuya, unas inquietudes y unas ansias de tener impacto, eso te retroalimenta, hace que quieras hacer más», confiesa. «Por eso, este tipo de becas son importantísimas».
Allí comenzó una carrera meteórica que la llevó a trabajar en los principales departamentos de IA de Google Research. Su trabajo se sitúa en el epicentro del debate tecnológico de empresas como Intel o Amazon. Hoy Pilar lidera la estrategia de investigación en IA de Google Research. Su trabajo se sitúa en el epicentro del debate tecnológico actual: el alineamiento de la IA con los valores humanos.

Al frente de su equipo, investiga cómo auditar y medir que las respuestas de las máquinas sean éticas y respeten los principios que nos importan como sociedad. En un mundo que observa con asombro y cierto temor el avance de los algoritmos, ella se considera «entre optimista y realista». «Creo que tenemos el potencial de crear una sociedad mejor con la IA», afirma convencida.
Además de su faceta investigadora, Pilar se ha convertido en una voz fundamental para divulgar el potencial y el impacto social de esta tecnología. Su consejo para la gente joven con ganas y talento para cambiar el mundo está claro: «Arriésgate, ten confianza y apunta alto».
«Desde una edad relativamente temprana leía libros y revistas de divulgación científica, como Investigación y ciencia o Nature. Siempre me interesó mucho la física cuántica y la filosofía que hay detrás», cuenta Sergio Boixo (2003). Hoy vive en Los Ángeles, pero su vocación nació en León, donde creció hasta los nueve años.
Su familia era gente de ciencia. «Mi abuelo era veterinario y mi abuela, química. En aquella generación no había tantas mujeres científicas», destaca Boixo. Aquel entorno determinó seguramente su fascinación por la ciencia y la tecnología, y cuando salió del instituto comenzó a cursar la carrera de Ingeniería Informática. La compaginó con Filosofía y poco después se matriculó en Matemáticas.

Con ese expediente, el leonés enseguida empezó a trabajar como informático en banca. Pasó por el Banco Central Europeo y por el Dresdner Bank, pero no se podía quitar de la cabeza su vocación científica. Era joven y tenía un buen salario. «Empecé a ahorrar y a plantearme: ¿Qué hago con este dinero? ¿Qué quiero hacer realmente?».
Boixo tenía claro que quería hacer un doctorado y dedicarse a la ciencia. Así que dejó su carrera en Berlín y se matriculó para cursar un máster de Física Cuántica en la Universidad Autónoma de Barcelona. La beca de la Fundación ”la Caixa” fue el espaldarazo que le faltaba para irse a Estados Unidos y hacer un doctorado.

Por aquel entonces, Boixo tenía 30 años, una mujer y dos hijos, pero no lo dudó. «Me fui con toda mi familia a Alburquerque, Nuevo México», cuenta. Era su oportunidad de lograr su sueño, de desarrollar una carrera científica. «Allí trabajé sobre todo la metrología cuántica y elaboramos una teoría que explicaba cómo hacer medidas con mucha más precisión». A los dos años habían aplicado su teoría a un experimento en el Instituto de Ciencias Fotónicas de Barcelona.
En la actualidad, Sergio Boixo es uno de los principales referentes en el campo de la computación cuántica. La beca le ha dado la oportunidad de desarrollar su vocación, pero también de dirigir el trabajo científico de cientos de personas brillantes.
Junto con su equipo ha desarrollado Willow, un chip cuántico capaz de realizar en cinco minutos un cálculo que al más rápido de los ordenadores clásicos le llevaría hacer 10.000 trillones de años, más que la edad del universo. El chip, además, ha logrado reducir exponencialmente el número de errores conforme aumenta el número de cúbits ―unidad básica de información en la computación cuántica―, uno de los grandes obstáculos de esta tecnología hasta ahora.
Su gran reto es desarrollar el primer ordenador cuántico de la historia, aunque en el camino hay que ir completando etapas. «El siguiente hito importante es lo que llamamos cúbit lógico, que es el equivalente al primer transistor cuántico», explica. Sergio tiene claro el impacto de su trabajo. «Creo que la cuántica va a dar lugar a una segunda revolución tecnológica que espero que tenga un impacto parecido al de la revolución que dio lugar a la informática moderna».
Esto mismo es lo que hizo el ingeniero Juan Argote. Criado en el barrio de Les Corts, en Barcelona, creció en una familia que priorizó su educación por encima de todo. Desde pequeño le fascinaron las matemáticas y también la biología. Contemplaba con asombro los documentales de Jacques Cousteau y fue a través de uno de ellos como descubrió su primera vocación. «Cousteau había hecho un documental sobre construcciones submarinas que tenían un elemento arquitectónico y una relación matemática, y acabé tirando hacia la arquitectura», comenta Juan.

Este fue el punto de partida en su trayectoria hacia la vanguardia tecnológica. Un camino no lineal. Tras descartar la arquitectura por su dimensión artística, Juan se decantó por la Ingeniería de Caminos en la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC). Buscaba el rigor del cálculo de estructuras. Pero el verdadero punto de inflexión llegó en tercero de carrera, cuando descubrió la ingeniería de transporte. «Fue la primera vez que vi una posibilidad de impactar en mi día a día, de influenciar en las infraestructuras de las ciudades», explica. Aquello que parecía abstracto en los libros se volvió tangible: mover a personas y objetos de forma eficiente podía cambiar el mundo.
La beca de posgrado en el extranjero de la Fundación ”la Caixa” le llegó en un momento inesperado, casi de película. Sentado frente a un atardecer, durante el viaje de fin de carrera a Túnez, recibió la llamada que le confirmaba la concesión de la ayuda. «Fue un flujo de adrenalina... Sentí un agradecimiento muy profundo porque se abría una puerta que hasta ese momento era solo un potencial, pero que ahora estaba delante de mí», recuerda con emoción.
Gracias a ese impulso, Juan puso rumbo a la Universidad de Berkeley, en California. Allí desarrolló su doctorado y se integró en una comunidad de mentes brillantes de disciplinas tan dispares como la filosofía o las ciencias puras, lo que terminó de moldear su visión del mundo. También desarrolló Cabbie, su primer software para mejorar el transporte público.

Hoy, Juan es una figura clave en el desarrollo de la movilidad del futuro como director de Aurora Data Solutions, el equipo de ciencia de datos de Aurora, empresa líder en el sector de los vehículos autónomos. Su especialidad es el modelado, la simulación y el análisis de datos a gran escala, disciplinas que combina con un objetivo: revolucionar el transporte para que sea más inteligente y seguro.
Gracias al impulso inicial de la Fundación ”la Caixa”, Sergio, Pilar y Juan no solo imaginaron el futuro, sino que además hoy lo están construyendo en campos tan diversos como la física cuántica, la IA o la movilidad inteligente. Sus historias comparten un mismo origen, la vocación, aunque también un mismo sueño: el deseo de mejorar el mundo.